Tras años de evolución institucional, regulatoria y tecnológica, el desafío ya no es solo modernizar el mercado, sino demostrar que puede ser un motor de la economía real.
Por Arnold Benítez Riveros, director y economista | Estrategia, Mercados de Capitales e Inversión | Finanzas Corporativas | Liderazgo | Paraguay & LATAM
Después de más de quince años trabajando en el sector financiero, hay algo que tengo claro, los mercados no se construyen de un día para otro. Tampoco se consolidan a fuerza de entusiasmo, eslóganes o modas. Se construyen despacio, con reglas que se sostienen, instituciones que funcionan, actores que se profesionalizan, tecnología adecuada y, sobre todo, tiempo.
Por eso me interesa mirar lo que está ocurriendo con el mercado de valores paraguayo. No porque hoy suene bien hablar de modernización o estándares internacionales, sino porque conozco su recorrido. Lo vi cuando era un espacio pequeño, periférico y con escasa incidencia real dentro del sistema financiero. Y lo veo ahora en una etapa distinta, en la que empieza a mostrar condiciones más concretas para ocupar un lugar relevante.
Durante mucho tiempo, hablar del mercado de valores en Paraguay era entrar en una conversación de nicho, técnica y poco conectada con la discusión económica de fondo. Se lo veía como un complemento, no como una herramienta importante. Esa mirada, a mi juicio, hoy ya quedó atrás.
Una evolución que merece ser leída en perspectiva
La historia ayuda a poner este cambio en contexto. La Bolsa de Valores y Productos de Asunción se creó en 1977. Más adelante, con la Ley 94/91, se estableció el marco para el funcionamiento del mercado moderno y nació la entonces Comisión Nacional de Valores. En 1993 se realizó la primera rueda de negociación. Recién allí comenzó el mercado en sentido real: no solo como estructura formal, sino como un mecanismo concreto para canalizar inversión y financiamiento.
Desde entonces, el proceso fue lento, pero eso no debería sorprender. En países como el nuestro, los mercados no nacen con profundidad ni con escala; tienen que construirlas. Hubo que formar intermediarios, desarrollar emisores, ordenar procesos, generar confianza y convencer a muchas empresas de que el mercado podía ser algo más que una opción excepcional.
Ese trabajo llevó años y, en buena medida, sigue en marcha. Las casas de bolsa fueron ganando un lugar más claro dentro del ecosistema, no solo como intermediarias, sino también como estructuradoras y colocadoras. Las administradoras de fondos también ayudaron a darle más espesor al mercado, canalizando ahorro con mayor criterio profesional y ampliando el acceso a instrumentos más sofisticados. Al mismo tiempo, el sistema fue incorporando productos, ajustando procesos y aumentando volumen.
Nada de eso convierte, por sí solo, a un mercado en una pieza central del desarrollo. Pero sí marca una diferencia decisiva: deja de ser algo meramente formal y empieza a tener peso propio.
La calidad del mercado también importa
En los últimos años ocurrió algo que, para mí, es incluso más importante que el crecimiento: mejoró la calidad del mercado. La incorporación de tecnología Nasdaq en la Bolsa es un buen ejemplo. No por el impacto del nombre, sino por lo que implica en la práctica. En este sector, la infraestructura no es un detalle. Un mercado necesita sistemas confiables, trazabilidad, capacidad operativa y condiciones para escalar sin perder control ni transparencia.
Con CAVAPY ocurre algo parecido. La incorporación de Montran y una separación más clara de funciones dentro del mercado pueden sonar, para muchos, como cambios demasiado especializados. Pero no lo son. Son parte de la base. Que la Bolsa concentre la negociación y que CAVAPY asuma con mayor claridad la custodia, la compensación, la liquidación y la anotación en cuenta mejora la estructura del sistema, ordena responsabilidades y fortalece procesos sensibles.
A veces, desde afuera, se mira solo el volumen negociado. Pero quienes conocemos este mundo sabemos que la credibilidad de un mercado no depende únicamente de cuánto mueve. Depende de cómo opera, de cómo liquida, de cómo custodia, de cómo supervisa y de qué tan preparado está para crecer sin desordenarse.
Por eso también me parece tan importante el paso de la Comisión Nacional de Valores a la Superintendencia de Valores dentro del Banco Central del Paraguay. No lo veo como un simple cambio de nombre. Lo veo como una señal institucional fuerte: una forma de reconocer que el mercado de valores necesita otro nivel de supervisión, articulación y capacidad técnica si realmente quiere ocupar un lugar más relevante dentro del sistema financiero.
A eso se suma la actualización legal y reglamentaria que está en marcha. Y, sinceramente, ya hacía falta. Ningún mercado puede madurar de verdad si sus normas quedan atrasadas respecto de la realidad. Si Paraguay quiere un mercado más confiable, más transparente y más útil, necesita reglas modernas, consistentes y aplicables.
La verdadera prueba: motor de la economía real
Con todo, para mí el punto principal no está solo en la regulación ni en la infraestructura. Está en la economía real. La pregunta de fondo no es si el mercado de valores paraguayo mejoró. Mejoró, y eso ya no me parece discutible. La pregunta importante es otra: si ese mercado puede convertirse en una herramienta realmente útil para el desarrollo del país.
Ahí está el tema. Un mercado de capitales más profundo puede abrir más opciones de inversión para personas e instituciones. Puede ofrecer a más empresas financiamiento de mediano y largo plazo bajo esquemas distintos al crédito bancario tradicional. Puede ayudar a canalizar mejor el ahorro local, complementar al sistema bancario y ser parte de la solución cuando se trata de financiar proyectos que requieren escala, plazo y previsibilidad.
Eso aterriza en frentes muy concretos: infraestructura, energía, logística, conectividad, vivienda y expansión productiva. Si el mercado no logra vincularse con esa agenda, corre el riesgo de modernizarse hacia adentro y seguir siendo poco relevante hacia afuera. Puede volverse más prolijo y más sofisticado, pero sin terminar de cumplir una función económica verdaderamente transformadora.
Paraguay no necesita un mercado de valores más sofisticado solo para mostrar que está avanzando. Necesita un mercado que sirva. Que esté más conectado con la economía real. Que pueda movilizar recursos hacia sectores donde el país necesita inversión. Que contribuya a financiar mejor el crecimiento.
Lo que falta, y por qué igual vale la pena tomarlo en serio
Eso no significa exagerar lo que ya se hizo. Todavía faltan más emisores, más liquidez, más profundidad en el mercado secundario, más educación financiera, más inversionistas institucionales y una mejor relación entre regulación, innovación y desarrollo de mercado.
Pero tampoco tiene sentido seguir hablando del mercado paraguayo como si todavía estuviera en una etapa casi simbólica. Hoy hay una infraestructura mejor que antes. Hay un ecosistema más ordenado. Hay decisiones de modernización que no son menores. Hay un proceso de fortalecimiento institucional en marcha. Y hay una oportunidad bastante más concreta de la que muchos todavía registran.
Después de tantos años observando esta evolución, mi impresión es simple, Paraguay ya hizo lo suficiente como para que su mercado de valores sea tomado en serio. Ahora viene la parte más difícil, demostrar que puede ser útil de verdad. Útil para ampliar el acceso al financiamiento. Útil para canalizar ahorro hacia inversión productiva. Útil para acompañar proyectos que necesitan plazo. Útil para estar más cerca de las necesidades reales del país.
Porque ahí se juega su relevancia. No en modernizarse para la foto. No en sofisticarse para hablar entre pocos. No en crecer solo por volumen. Sino en convertirse en una herramienta más profunda, más confiable y más conectada con lo que Paraguay necesita financiar en los próximos años.
Si logra eso, el mercado de capitales paraguayo va a dejar de ser un tema para especialistas y va a pasar a ser algo mucho más importante, una pieza real dentro de la estrategia de desarrollo del país.