El liberalismo clásico y la ayuda a los más necesitados

Existe un equívoco que, en honor a la verdad, me siento compelido a deshacer. A menudo suelo escuchar de personas educadas, formadas y universitarias, que a los liberales o libertarios no nos importan los pobres, que nuestra filosofía política los relega a los márgenes de la sociedad y que el capitalismo liberal solo los utiliza como factor productivo; en suma, que en los tres siglos de tradición liberal no hay lugar para el interés por el bienestar de los pobres y los necesitados. Incluso algunas versiones de este malintencionado rumor agregan que los liberales despreciamos a los pobres y rechazamos toda idea de que estos sean ayudados en sus imperiosas necesidades.

Debo decirle a quien piensa tal cosa que, o no ha leído a los principales filósofos y economistas liberales, o miente descaradamente. A continuación paso revista de exponentes importantísimos del liberalismo, de sus dichos sobre el acuciante sufrimiento que genera la miseria material, y por sobre todo, sobre las probadas y efectivas vías de solución que se proponen, en algunas de las cuales el Estado tiene un rol que cumplir. La ventaja del pensamiento liberal al investigar esta problemática es que, además de tener desarrolladas la cuestión moral y la filosofía política en este peliagudo asunto, también incorpora las variables económicas (propiedad privada, libre mercado, contratos voluntarios), perspectiva adicional que le añade solidez y realismo al análisis. No se trata solamente de denunciar la pobreza para hacer alardes de superioridad moral, sino de proponer soluciones concretas para mejorar la condición de los menos favorecidos.

Es imposible resumir todas las contribuciones de la tradición liberal a la causa de los necesitados en este artículo, pero a continuación, comparto con ustedes dichos de cinco grandes referencias del pensamiento liberal clásico y su relación con la asistencia a los necesitados y desfavorecidos: John Locke, Adam Smith, David Hume, Alexis de Tocqueville y Friedrich Hayek.

Poca gente sabrá que John Locke, el gran integrador del liberalismo clásico, escribió en 1697, el «Ensayo sobre la ley de pobres» donde realizaba recomendaciones filosóficas, económicas y políticas sobre cómo mejorar las reglas del sistema de ayuda de los desahuciados existente en aquella época en Inglaterra, de tal manera a no agravar el problema. Locke observó agudamente el problema de los incentivos de la ley de pobres en aquel entonces, detectando que los mismos estaban dispuestos de forma perversa:

«…tenemos razones para pensar que la mayoría de los supervisores de los pobres, en todas partes, son totalmente ignorantes, y ni siquiera han llegado a pensar que su deber en buena medida, o al menos en alguna, es poner a las personas a trabajar”.

Por ello Locke propone un sistema donde los propietarios de las comunidades podrían dar trabajo básico a los desahuciados a cambio de una paga mínima, fijada por debajo del salario natural del mercado de aquellos tiempos, orientada a pagar sus gastos de alimentación básica. Sin embargo, lo más importante era que esta medida lograría incorporarlos a una vida de productividad y les daría sentido de dignidad personal.

«Si se pusiera a trabajar a todas las manos capaces de Inglaterra, la mayor parte de la carga que recae sobre los laboriosos para el mantenimiento de los pobres cesaría de forma inmediata. Puesto que, sobre un cálculo muy moderado, es posible concluir que más de la mitad de aquellos que reciben la asistencia de las parroquias son capaces de obtener sus propios medios de subsistencia”.

En caso de que los propietarios se nieguen a hacerlo, deberían pagar un tributo denominado “tasa de pobres”, destinada a la manutención de estos. Sin embargo, con la reducción propuesta por Locke, de lo que en aquella época podría considerarse “un salario mínimo legal”, se creaban los incentivos para incorporar a estas personas al mundo del trabajo y así puedan tener oportunidades para ir avanzando en este.

Adam Smith, el liberal clásico padre de la economía de libre mercado, estaba visiblemente preocupado por la situación de los pobres. En sus obras “La teoría de los sentimientos morales” (1759) y “Una investigación sobre el origen y la causa de la riqueza de las naciones” (1776) aborda muchas veces el tema, destacando que la división de trabajo, los avances en la técnica y la acumulación de capital suelen mejorar la situación de las poblaciones de desfavorecidos.

«Las patatas, por ejemplo, en el grueso de Reino Unido, no cuestan hoy ni la mitad de lo que costaban hace 30 años. Lo mismo podría decirse de los nabos, zanahorias, coles, bienes que antes sólo eran cultivados mediante la azada y hoy lo son mediante el arado. Los apreciables avances en las manufacturas [···] permiten hoy a los trabajadores pagar menos y vestirse mejor [···] ¿Debe considerarse a esta mejora en las condiciones de vida de las clases más bajas del pueblo como una ventaja o un inconveniente para la sociedad? La respuesta inmediata es totalmente evidente. Los sirvientes, trabajadores y operarios de diversos tipos constituyen la parte con diferencia más abundante de cualquier sociedad política. Y lo que mejore la condición de la mayor parte nunca puede ser considerado un inconveniente para el conjunto. Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable. Además, es justo que aquellos que proporcionan alimento, vestido y alojamiento para todo el cuerpo social reciban una cuota del producto de su propio trabajo suficiente para estar ellos mismos adecuadamente bien alimentados, vestidos y alojados».

Además Smith, como buen filósofo moralista, advierte que la humana tendencia a glorificar al exitoso y de legitimar el éxito solo por el éxito concluye en una degeneración moral que perjudica a todos.

«Esa disposición a admirar y casi a idolatrar a los ricos y poderosos, y a despreciar o como mínimo ignorar a las personas pobres y de modesta condición, [···] es la mayor y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales».

David Hume, filósofo de la ilustración escocesa (otro liberal clásico) en 1751, en su obra “Investigación sobre la moral” aplaude la caridad individual y voluntaria para ayudar a las personas de humilde condición, pero critica que los reyes hagan caridad con dinero de los impuestos, pues no ayuda a los desahuciados sino que los hace dependientes del poder político:

«Si descubrimos que prevalece una opinión falsa, abrazada debido a las apariencias, tan pronto como la experiencia posterior y un razonamiento más sano nos han dado nociones más justas de los asuntos humanos, retractamos nuestra opinión primitiva y corregimos de nuevo los límites del bien y del mal. Naturalmente se alaba el hecho de dar limosna a los mendigos, porque esto parece aliviar a los indigentes y afligidos, pero cuando observamos el incentivo que de aquí surge para la pereza y la corrupción, consideramos a esta clase de caridad como una debilidad más bien que como una virtud. La liberalidad es considerada por los príncipes como un signo de beneficencia, pero cuando ocurre que el pan cotidiano de los honestos y trabajadores se convierte por esto [por la liberalidad de dar planes sociales] con frecuencia en deliciosos manjares para el perezoso y el derrochador, pronto retractamos nuestras incautas alabanzas».

Años después, en Francia, Alexis de Tocqueville, el liberal conservador, que se hizo célebre por escribir “La democracia en América”, redactó un ensayo denominado “Memorias sobre el pauperismo” (1835). En el mismo expresa muchas ideas fundamentales sobre el fenómeno de la pobreza, haciendo énfasis en el análisis institucional y económico.

“En mi opinión, el entero problema a resolver es el siguiente: hallar un medio de dar al obrero industrial, como al pequeño agricultor, el espíritu y los hábitos de la propiedad”.

“Añado que entre los medios de dar a los hombres el sentimiento de orden, de la actividad y de la economía no conozco ninguno más poderoso que el de facilitarles el acceso a la propiedad inmobiliaria”.

Estas conclusiones del prudente Tocqueville eran consecuencia de una análisis profundo sobre las consecuencias funestas de cientos de años de “leyes de pobres”, consecuencias que se agravaron con el absolutismo.

“Mas estoy firmemente convencido de que cualquier sistema regular, permanente, administrativo, que tenga por finalidad proveer a las necesidades del pobre, hará nacer más miserias de las que puede crear, depravará a la población que quiere socorrer y consolar, reducirá con el tiempo a los ricos a no ser más que los arrendatarios de los pobres, secará las fuentes del ahorro, detendrá la acumulación de capitales, comprimirá el desarrollo del comercio, entorpecerá la actividad y la industria humanas, y acabará por dar lugar a una revolución violenta en el Estado cuando el número de los que reciben limosna haya casi igualado al de los que la dan, y el indigente, no pudiendo ya sacar de los ricos empobrecidos con qué proveer a sus necesidades, hallará más fácil despojarlos de golpe de sus bienes que pedirles ayuda”.

Por último, menciono a Friedrich A. Hayek, liberal clásico de la distinguida Escuela Austriaca de Economía y ganador del Nobel de Economía en 1976. En su libro “Camino de servidumbre” (1949) Hayek aborda muchas veces, de formas concretas el problema de cómo ayudar a las personas que están por debajo de la línea de pobreza, y contrario a lo que muchos piensan, pero en concordancia con la tradición liberal, agrega que no existe inconveniente en que el Estado ayude de forma focalizada a los pobres, sino que se arrogue el monopolio de la ayuda, como suele finalmente suceder casi siempre. La cantidad de pretendidas ONGs que finalmente reciben dinero del Estado para cumplir con sus funciones le da la razón a Hayek respecto de su inquietud.

“No hay motivo para que una sociedad que ha alcanzado un nivel general de riqueza (…) no pueda garantizar a todos esa primera clase de seguridad sin poner en peligro la libertad general (…) Es indudable que un mínimo de alimento, albergue y vestido, suficiente para preservar la salud y la capacidad de trabajo, puede asegurarse a todos”.

Incluso Hayek declara que el Estado central puede cumplir roles en este sentido, tanto en la elaboración de una cuidadosa legislación al respecto, como en la coordinación de los esfuerzos civiles de ayuda o socorro mutuo que surjan. Sin embargo, advierte que este esfuerzo estatal nunca debe ir orientado a disminuir o menguar o sustituir a las sociedades de caridad voluntaria que surjan en las sociedad, o se convertirá en camino a la dependencia estatal y al clientelismo que tan bien conocemos los paraguayos.

“No existe tampoco razón alguna para que el Estado no asista a los individuos cuando estos tratan de precaverse de aquellos azares comunes de la vida (…) cuando se tratan de riesgos genuinamente asegurables, los argumentos para que el Estado ayude a organizar un amplio sistema de seguros sociales son muy fuertes”.

“…tampoco es incompatible el mantenimiento de la competencia y un extenso sistema de servicios sociales, en tanto que la organización de estos servicios no se dirija a hacer inefectiva en campos extensos la competencia”.

Podría continuar citando las inquietudes, análisis y propuestas sobre el caso de los pobres en nuestras sociedades realizadas por ideólogos liberales, sin embargo, el artículo ya peca de extenso. Lo relevante es que las personas que sufren las consecuencias físicas, emocionales y sociales del flagelo de la pobreza sean atendidas en su sufrimiento, consoladas y que se les brinden muchas oportunidades para su desarrollo. Eso no sucederá sin políticas públicas que las asistan en sus necesidades pero que a la vez no las conviertan en presas del clientelismo estatal.

La manera más orgánica y efectiva de ayudar a salir a las personas de la pobreza es con políticas públicas de naturaleza liberal clásica, por ejemplo, fortaleciendo los derechos de propiedad, brindado seguridad jurídica, abriendo los mercados con bajos impuestos y pocas regulaciones, respetando los contratos libres y voluntarios de las personas, y por supuesto, cuando se requiera brindarles atención estatal focalizada y eficiente en sus necesidades, pero solo de forma transitoria y subsidiaria. Nada de esto se está haciendo en Paraguay.

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